El poder de una excepción


Donde todo el mundo piensa igual, nadie piensa mucho

W. Lippman

En su más que interesante libro “Switch” (en español, “Cambia el chip“), los hermanos Chip y Dan Heath nos cuentan la historia de  Jerry Sternin. Una apasionante excepción. El amigo Jerry allá por 1990 trabajaba para Save the children una ONG de ayuda a los niños necesitados. De buenas a primeras, le encomendaron una nueva misión: abrir una oficina en Vietnam y acabar con el problema de la desnutrición entre los niños de ese país.

Cuando el bueno de Jerry se dejó caer por allí, el gobierno vietnamita le recibió de manera más bien fría, receloso de que un extranjero viniera a resolver sus problemas. Le dieron seis meses de plazo para “hacer algo”.

Sternin apenas disponía de medios y los conocimientos con los que contaba eran más bien teóricos fruto de unas cuantas lecturas apresuradas. Sabía que buena parte de los problemas podían venir de la insalubridad y la falta de agua con una mínima calidad. Pero sin medios, ni económicos ni humanos, y con un plazo tan breve para un problema tan grande, lo único que tenía claro es que no podía esperar a la construcción de sistemas de higienización y purificación del agua, etc.

¿Qué hizo Sternin? ¿Se rindió?

No. Aplicó lo único que tenía en abundancia: sentido común. Se dedicó a visitar unas cuantas aldeas vietnamitas y talló y pesó a los niños que encontró. De esa manera constató que, a pesar de la pobreza imperante había algunos niños que crecían dentro de los patrones “correctos” de salud.

Una vez localizados estos niños hizo dos cosas:

a) Descartó aquellos que estaban sanos por condiciones externas, es decir, aquellos que tenían, por ejemplo, un tío en la capital que les enviaba paquetes de comida. Estas excepciones no aportaban nada a lo que él estaba buscando.

b) Del resto, concertó citas con sus madres y les preguntó qué es lo que hacían para alimentar a sus hijos.

De estas entrevistas, Sternin sacó dos conclusiones:

a) Los niños “sanos” eran alimentados cuatro veces al día al contrario que el resto que recibían dos comidas. Posteriormente, se constató que los estómagos de los pequeños tan poco habituados a comer no aprovechaban el 100% de la comida si la recibían en dos entregas pero sí cuando las cantidades eran mucho más asimilables, lo que se conseguía con las cuatro comidas (en ambos casos se trataba de las mismas cantidades).

b) Las madres de los bebes “excepcionales” también les daban una comida diferente. Mezclaban con el arroz, camarones y cangrejos de las plantaciones, comida ésta considerada para adultos por los campesinos vietnamitas y también usaban hojas de boniato, un alimento sólo consumido por las clases más bajas.

El estudio de las excepciones llevó a Sternin a dar con un plan de aplicación inmediata para mejorar la desnutrición infantil en Vietnam. Sólo faltaba entregar al Gobierno la receta y volver a la tranquilidad previa a Vietnam ¿no?

Pues no. Jerry Sternin tenía la solución pero sabía que, en sus propias palabras, “el conocimiento no cambia el comportamiento”. Así que, ni corto ni perezoso, diseñó un programa mediante el que las familias con niños malnutridos tenían que juntarse en una choza a preparar la comida de la manera correcta siguiendo el ejemplo de las madres “excepcionales”. Todas las madres iban juntas a recoger los camarones con que enriquecer el arroz y a arrancar las hojas de boniato. Los resultados pronto fueron visibles.

Sternin consiguió apelar tanto al raciocinio como a la parte emocional, el mensaje estaba claro: hay manera de que mi hijo esté bien alimentado. Con este mensaje y la presión social de tanta gente de base implicada en el asunto, la “receta” de Sternin corrió como la pólvora.

Seis meses después de la llegada de Sternin a Vietnam el 65% de los niños estaban mejor alimentados y este índice se mantuvo en el tiempo.

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He querido hacer un paréntesis con la historia de Jerry Sternin porque es brillante y, en cierto modo, me parece la historia de cualquiera de nosotros, que vamos a nuestro particular Vietnam (en el caso de algunos consultores casi literalmente Vietnam) con una misión imposible.

La historia de Jerry nos demuestra que tenemos dos opciones:

a) Ampararnos en la falta de recursos, en que los otros no quieren cambiar, en que necesitaríamos esto y aquello para hacer posible el cambio. Podemos incluso redactar un gran informe basado en unas directrices que, aunque en nuestro foro interno sepamos que no servirán de nada, nos permitirá, incluso, salvar nuestra honra y las apariencias…ó

b) Podemos buscar las excepciones. Podemos buscar a esa persona o personas que, aún en las circunstancias más adversas, son capaces de hacer las cosas bien y fijarnos en cómo lo hacen y tratar de que lo que ellosl hacen se convierta en lo que hace la organización.

Reflexiona. Tú decides. Por lo menos, si a partir de este momento estás más alerta para percibir las excepciones, la historia de Jerry habrá servido para algo, aparte de menudencias como salvar la vida a miles de jóvenes vietnamitas.

  • Iago Fraga

    ¡Muy interesante, Rubén!

    • ¡Un abrazo maestro Iago!