¿Peter Parker? No, Peter Parkinson

La imaginación consuela a los hombres de lo que no pueden ser. El humor los consuela de lo que son

Winston Churchill

Existen dos principios que impregnan la actividad de las organizaciones en las que vivo (o a las que sobrevivo) cual tela de araña de Peter Parker, más conocido como Spiderman.

Uno afecta a las personas y otro a lo que hacemos.

A) El principio de Peter: de ratones y hombres.

El principio de incompetencia de Peter reza “En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia: la nata sube hasta cortarse”.

Tal cual. En nuestra vida laboral, vamos ascendiendo, supuestamente por lo bien que lo estamos haciendo. Y cuando la empezamos a cagar, perdemos ese aura de ser de luz que nos rodeaba y nos quedamos ahí, en el puesto donde la estamos cagando, perpetuándonos en nuestros errores.

Sería mucho más inteligente volver al puesto del que venimos, donde lo hacíamos tan bien que fuimos ascendidos y no quedarnos en el puesto en el que somos un auténtico lastre.

Así pues, si hacemos caso de la sabiduría del señor Peter, las organizaciones irían mucho mejor si todos retrocedemos un pasito, tras un tiempo prudencial demostrando nuestra incompetencia.

Cuando menos creo que merece pensar un poco en esto.

B) La ley de Parkinson: yo robot.

La ley de Parkinson reza “El trabajo se expande hasta llenar el tiempo disponible para que se termine“.

Tal cual. Todo trabajo, bien si no establecemos unos límites, bien si los límites que establecemos son demasiado “laxos”, se perpetuará ocupando todo ese tiempo, y lo que te rondaré morena.

Hay muchísima gente que está ocupada, que parece que trabaja mucho, pero que realmente es todo un paradigma del “mucho ruido y pocas nueces“.  Menos calentar silla y más establecer límites, trabajar con submetas y ser eficientes, o mejor, productivos.

Como dice Tim Ferriss: “Concéntrate en ser productivo, no en estar ocupado”.

Vale, ¿y qué hacemos para mejorar esto?

Pues poco se puede hacer, la verdad. Me ha costado bastante tiempo aceptar, a fuerza de darme contra las paredes, y pasar algún que otro muy mal rato, que “la gente sólo cambia, si quiere”.

Y, en general, no queremos. Estamos terriblemente cómodos, repatingados en ese perverso jacuzzi que es nuestro círculo de confort.

Además, la incompetencia se retroalimenta, es una suerte de conjura de los necios, donde los incompetentes en sus puestos, para no parecerlo, están inmersos en una vorágine de trabajo aparente, que les ocupa e incluso desborda sus jornadas laborales.

Intentan hacer lo que hacían bien en el puesto de donde proceden, sin darse cuenta de que eso no es lo que requiere el puesto en el que están ahora; la tormenta perfecta, el tsunami improductivo.

En mi opinión, sólo queda un camino. Predicar con el ejemplo y demostrar que “hay otros mundos pero están en éste”, en definitiva: ser productivos.

Sí,  tú, deja de criticar, deja de poner a parir a todo el mundo, deja de envidiar, dejar de dar lecciones, deja de mirar por encima del hombro a todo dios; concéntrate en hacer lo que haces, de la mejor manera posible. Punto (“fin de la cita”, que diría nuestro procrastinador presidente de la nación).

Supongo que soy un iluso pero creo, firmemente, que la productividad personal puede cambiar las organizaciones y, en consecuencia, hacer de este mundo absurdo en el que deambulamos, un sitio un poquito mejor. Como decía la madre Teresa de Calcuta: “Si cada uno de nosotros barriera la puerta de su casa, este mundo sería un lugar limpio

Y, ¡ojo!, no pontifico. Yo también he acabado, a veces, de madrugada, abrazado a mis amigos Parkinson y Peter, ebrio de improductividad.

En fin, termino ya. Espero que desde el cinismo que impregna los principios de Peter y Parkinson, alguien, y no precisamente gracias a mí, sea capaz de sacar alguna conclusión válida para su día a día.

Me temo que yo puedo estar bajo el efecto Dunning-Kruger que consiste en que “los individuos con escasa habilidad o conocimientos sufren de un efecto de superioridad ilusorio, considerándose más inteligentes que otras personas más preparadas, midiendo incorrectamente su habilidad por encima de lo real”.

Pero de eso, que diría el buen procrastinador, hablamos otro día…

Imagen | Bla, bla, bla